lunes, 3 de septiembre de 2012

Lya Acto XI: Como Títere del Destino




Acto XI
Como Títere del Destino



Es extraño cómo experimentas tu propia vida en un recuerdo.

Una parte de ti lo vive con intensidad, lo revive como si sucediese en este instante. Rescata casi cada minúscula emoción de cada palabra, cada gesto. Aspira las fragancias como por primera vez. Se deja llevar por los colores.
Para una parte de ti todo es nuevo. El tiempo se eterniza en ese océano.

Para otra parte, el tiempo corre a velocidad de vértigo. Es una espectadora consciente de que observa fragmentos de una vida que ya ha experimentado pero que en ocasiones tenía rincones ocultos. Lugares donde la luz de la memoria no incidía y que ahora resucitan.

Jael era uno de ellos.
Había desaparecido.
Su nombre, su voz, su tacto.
Todo su recuerdo y sus huellas habían muerto para mí.
Quizá haya recuerdos que deberían quedarse en el vacío.
No regresar nunca…


En aquel instante en el que su carromato se alejaba, yo me sentí por primera vez en mitad del bullicio del corazón de las Bocas. Entendí mi verdadera situación. Cayó pesado como cielo en desplome.
Es obvio que había un pasado escondido en algún lugar entre los resquicios de mi mente. Había unas personas, unos sucesos, una historia que yo desconocía. Algo me advertía que aquel pasado podría regresar en cualquier momento o no hacerlo nunca. En ese amplio arco de posibilidades, tratar de forzar los sucesos no cambiaba realmente nada en su inmediatez.
Debía preocuparme por algo mucho más prosaico: comer y dormir todos los días.

No tenía más posesiones que la ropa que vestía y ni siquiera parecía mía.
Nada. Ni siquiera los recuerdos.
Cualquier halo de luz en aquella oscuridad era más importante que todo aquello que pudiese ignorar sobre mi identidad o pasado.

Ese halo era Jael.
Que el clavo ardiente donde agarrarse fuese una persona desconocida con la que había compartido una breve conversación en un trayecto apenas de una hora resultaba perturbador, pero era un inicio; así que, ¿por qué no seguir agarrada al clavo? Al menos hasta que apareciese otro o éste se mostrase insuficiente.
No sabía qué tipo de persona encontraría al llegar al mercado. Si ese hombre querría seguir de alguna manera vinculado a una desconocida que ignoraba su propia existencia anterior. Aún así, me dije que sería estúpido no gastar esa carta.


El Mercado Central era un lugar que definía con exactitud el espíritu de la Ciudad de las Bocas. Tenía vastas dimensiones y su enorme recinto disponía de lonjas a pie de puerto con una gran extensa zona de distribución y puestos de venta directa.
Un océano de personas se daba cita allí.
Había un dicho popular que aseguraba que si no puedes encontrar algo en el mercado de las Bocas es que sencillamente no existe y puede que sea cierto. Entre aquella colección inimaginable de colores, olores, productos y personas yo tenía que encontrar a Jael como aguja en un pajar. No fue una empresa fácil a pesar de que muchos de los otros comerciantes parecían conocer a aquel hombre.
            Estaba en la zona de lonjas, tratando de negociar precios para su mercancía. Una mercancía que había tardado mucho en llegar esa mañana. Le observé durante un buen rato. Parecía una persona más comprometida que lo que me había proyectado su imagen. Mantuvo varios encuentros con otros hombres de allí y me dio la impresión de que estaba organizando el trabajo de otros, además de estar al tanto de su propia mercancía.
Casi estuve una hora aguardando, sin atreverme a acercarme a él por no interrumpir su atareada faena. Nadie pareció percatarse de mi presencia allí donde todo a mi alrededor era frenético y bullicioso, hasta que una mujer lo hizo, quizá extrañada de que apenas me hubiese movido del sitio en todo ese tiempo. Le confesé que quería ver a Jael y fue ella quien le advirtió de mi presencia.
Cuando volvimos a cruzar las miradas descubrí un gesto de sorpresa en sus facciones pero quizá ningún rasgo que pudiese interpretar como que mi presencia allí le resultaba incómoda. Con todo, aún despachó un par de asuntos antes de aproximarse a mí.

Tenía el ceño levemente fruncido pero dibujaba una sonrisa de medio lado en su boca.
—Dicen que llevas un buen rato esperando. ¿Por qué no te has acercado tú misma?
—No quería interrumpir. Pareces atareado.
Él lanzó una mirada a su alrededor y su gesto se arrugó un poco.
—Me he retrasado mucho. Mi pescado entra muy tarde y ahora es bastante más difícil sacarlo a buen precio.
—Ha sido culpa mía.
Él suspiró.
—La culpa es mía. Yo decidí involucrarme en el problema de mi hermano.
Me dolió reconocerme como un problema.
Agaché la cabeza.
—Entonces supongo que debo marcharme. No quiero seguir siendo causa de más retrasos.
Él puso una mano en mi hombro.
—Espera, aguarda un segundo. No he pretendido parecer desconsiderado. Has vuelto, supongo que tienes una buena razón para ello y no voy a dejar que te vayas sin escucharla.
Levanté la cabeza. Su sonrisa me pareció franca. Se la devolví.
—Necesito trabajo… y un lugar donde pasar la noche, al menos hasta que pueda permitirme alguna habitación en algún lugar. No tengo nada.

Él volvió a suspirar, pero no parecía un gesto de rechazo. Su cabeza barajaba opciones.

—Me preguntaba si…
—¿Puedes trabajar aquí? ¿Conmigo?
—Este lugar rebosa de actividad. Quizá hay alguien que necesite un par de manos.
—¿Has trabajado antes en una lonja?
Arrugué el rostro.
—No lo recuerdo.
Él se llevó la mano a la frente.
—Ah, claro, no olvidé que… en fin,  ¿qué sabes hacer?
Ahora la que suspiraba era yo.
—En realidad no lo sé, pero necesito trabajar y aprenderé rápido, lo prometo.
Él sonrió ante mi apurada disposición.
—Este trabajo es duro y no podré pagarte mucho…
—No importa, será más de lo que tengo ahora.
—Está bien… Haremos algo: Hablaré con Arik a ver dónde podemos meterte. Tengo una pequeña oficina en la zona de mercado. Es pequeña y huele a pescado. Tiene un pequeño jergón para cuando, en ocasiones, el trabajo me obliga a quedarme en el recinto. No es mucho pero…
—Será suficiente.
Mi seguridad le dejó clavado.
—Ni siquiera la has visto…
—No hace falta.
—Tampoco sabes cuánto voy a pagarte.
—No me importa, acepto el trabajo.
Él quedó un instante en silencio.

—Bien… ¿si estás tan segura…?
Hubo un cruce intenso de miradas y un silencio que dejó escuchar todo el murmullo de aquella lonja en plena tarea. Le sonreí y le di las gracias. El sonrió con amabilidad.
—Antes de que acabe la semana estarás odiando este trabajo y este lugar.


***

Entramos en el cuartito que se levantaba en la zona de oficinas. Era aún más pequeño y oscuro de lo que imaginaba. Andaba sucio y destartalado. Tenía una pequeña zona de escritorio con papeles, tintero, sellos…
—Disculpa el desorden. En realidad está bastante descuidado. No esperaba ser la habitación de nadie.
Las paredes eran de madera y tenían marcas de humedad por todas partes. El olor a pescado y sal era fuerte. Solo disponía de un pequeño ventanuco atrancado que daba al exterior. La escasa luz entraba por ahí.
—Necesitarás velas. Tienes algunas en este cajón, pero compraré más. No hay mucho espacio para la ropa.
Volví el rostro para mirarle, alejándolo de aquel pequeño armario que inspeccionaba.
—No tengo más ropa que la que ves, así que no necesito mucho más.
Me siguió con la mirada mientras yo repasaba el resto de la estancia.
—No es mucho, lo sé. Ni siquiera creo que sea habitable.
—No importa, está  bien. Será transitorio. No sé cómo agradecértelo, en realidad.
Rebuscó algo en  su bolsa y me lo entregó. Eran algunas monedas de plata. Yo le miré con extrañeza.
—¿Por qué?
—Es tu adelanto por lo que queda de semana. Cómprate algo de ropa, un calzado apropiado. Gástalo como veas, es tuyo.


Prefiero recordarle así, en aquellos gestos desinteresados. En aquellas miradas que trataban no parecer demasiado delatoras. En la esencia de aquel hombre que me dio la primera oportunidad sin hacer preguntas. Quiero recordarle así.


Compré ropa con aquellas monedas, comida y pagué un baño. Aún tuve para un par de días más. Fui a buscarle, tal como me dijo, sobre media tarde. Me dio una copia de las llaves de la oficina. Aquella primera noche fue para mí la más dura. Aquel reciento solitario, tan gigante y tan mudo por la noche. Todos mis desconocidos demonios me asaltaron de golpe.
El abismo de saberse en ningún lugar, sin ninguna referencia, totalmente a la deriva.
Todas las preguntas sin respuesta.
Todas aquellas respuestas sin preguntas.
Un pasado escondido, un futuro inexistente, una identidad usurpada.

¿Quien?
¿Qué?
¿Cuándo?
¿Cómo?
Encontré un hueco en la desolación y quedé dormida de puro agotamiento.


El trabajo era duro. La jornada en las lonjas empieza muy temprano, muy de madrugada. Mucho antes del primer amanecer.
—Te dije que odiarías esta vida antes de que terminara la semana.

            Le sonreí con esfuerzo, pero andaba dispuesta a demostrar que podía con aquel trabajo.
Resulta increíble toda la vida que se desplegaba a esas horas en el mercado. Cientos de trabajadores y mercaderes comenzaban con su faena. Esas primeras horas fueron intensas para mí. Jael me presentó a Arik. Se encargaba de organizar el despacho del pescado así que me dejó con ella y no volví a verle hasta mucho más tarde.
            Arik era una mujer veterana y pesada, con carácter, pero reconozco que aunque no tuvo las mejores formas, era una gran conocedora de su oficio y tuvo mucha paciencia conmigo ese primer día. Me explicó todas las tareas previas de montaje del despacho, toda la infinidad de detalles a tener en cuenta. Me dijo cómo reconocer las variedades de peces y productos, dónde y cómo colocarlos, sus precios y maneras de pesarlos y servirlos.
            Los puestos de venta estaban todos juntos así que pronto me encontré rodeada de muchos otros trabajadores del gremio. Tener una cara nueva les estimulaba. Eran gente afable y hacían divertido aquel trabajo agotador. Hice pronto amistad con una de las chicas que despachaban frente a mi tenderete. Se llamaba Xila. Era joven, descarada y muy guapa. Supongo que conectamos. En los tiempos muertos, que había pocos, solía acercarse a mi puesto para darme conversación.
En unos días parecíamos íntimas.

            La primera semana fue agotadora.
        El trabajo era duro y maloliente pero los momentos de despacho eran especialmente entretenidos gracias al resto de compañeros allí. Aquello me estimulaba. El contacto con personas, establecer nuevos vínculos.
            Aquella semana solo viví para trabajar. Acabé con el cuerpo molido. No obstante, mis progresos fueron notables. Tratar con clientes y trabajadores no me daba un segundo para mortificarme por la ausencia de mi memoria. Jael venía cuando podía y preguntaba si todo andaba bien o si necesitaba algo. Era un hombre correcto pero parecía siempre preocupado y cansado. Tenía un aura triste que lo rodeaba. En ocasiones se quedaba en mi pequeña habitación arreglando papeles y aún en esos intentes recibía visitas y concertaba acuerdos. No me importaba. Si había algo que me aterraba era quedarme sola. Le prefería allí, silencioso, centrado en sus cuentas y números.
              Me hacía sentir acompañada.

—¿Peor de lo que imaginaste?
Levanté con dificultad mi cabeza del camastro y abrí pesadamente los ojos. Se había vuelto de su silla y me miraba derrotada sobre la cama.
—No imaginaba que vender pescado fuese tan agotador.
Él aguantó una carcajada y me sonrió.
La pulsante luz anaranjada de las velas le daba calidez a su mirada.
—Terminaré en seguida. Te dejo en la mesa tu paga del día.

Era reconfortante terminar la jornada con unas monedas de plata en la mesa. No era mucho dinero pero suficiente para las necesidades de alguien que no tenía mucha más vida que la discurría bajo aquella habitación, rodeada de cajas de pescado. Quizá por eso acepté aquella primera invitación de Xila.
            Era una chica jovial, muy divertida. Solo trabajaba unas horas y no todos los días, para ayudar a un viejo amigo, decía. Cuando estaba presente era capaz de revolucionar a todo el mercado con sus ocurrencias. Recuerdo que me reía muchísimo con ella. Tan descarada que en ocasiones no podía creer hasta dónde llevaba su descaro. No importaba que fuesen clientes, compañeros; nada parecía detener su lengua ácida y sus provocativos juegos. Lo pasaba bien en su compañía y en cierta ocasión me propuso salir después del trabajo. Era una muchacha alegre y disparatada. Salvo con la gente del mercado, apenas tenía relación con nadie, así que supuse que no sería mala idea salir un poco y ampliar mis horizontes.
            Ella parecía conocer bien la ciudad y si era alocada en el trabajo, imaginé que salir con ella a divertirnos de verdad podría ser toda una experiencia.


En mi recuerdo todo sucede de manera fugaz. Todos aquellos días. Todas aquellas noches. Todos sus momentos. Inexorable. Eslabones de una cadena. Casi no hay tiempo para pensar. Quizá no había intención de pensar, solo sentir, solo el deseo desesperado de sentirme parte de algo. Sé que buscaba algo que no encontré.
            Terminé encontrando algo que no esperaba.


Lo pasamos en grande aquella primera noche. Xila no defraudaba. Conocía bien todos los rincones interesantes de aquella ciudad insomne siempre excesiva y peligrosa. Era una joven tremendamente popular. Eso me fascinaba a un tiempo y me eclipsaba también. La seguía como un barco a la deriva, hechizada del despliegue de colorido que movía a su alrededor. Nunca andábamos solas durante mucho tiempo. En cada taberna, en cada local había un buen puñado de gente que terminaba alrededor de nosotras. Muchos eran conocidos suyos. Ella se movía con soltura de sirena entre ese mar de alto oleaje. Yo me arrastré hacia sus corrientes. Me dejé fascinar por aquel ambiente que solo puede vivirse en las Bocas, de música, baile, fasto y desenfreno.
Beber, reír, bailar, experimentar la fugacidad de la vida en un solo segundo de éxtasis total.
Era intenso, vertiginoso.
Tras la primera noche hubo otras.

Sus conocidos pronto fueron los míos. Era increíble la cantidad de hombres que Xila conseguía arrastrar tras su ingeniosa y desinhibida personalidad.
Siempre tan guapa.
Tan alegre. Tan vital.

No  me pasó desapercibido que sus vestidos, alhajas y zapatos eran notablemente más caros de lo que podría permitirse una pescadera. Pocas veces nos veíamos obligadas a pagar. Siempre había alguien que corría con nuestros gastos y los locales donde íbamos no eran precisamente baratos. Nada de tugurios de mala muerte en el Puerto. Nos paseábamos por la corona de las Tres Reinas. Eran locales inalcanzables para mi a los que no hubiera conseguido entrar de no haber sido por mi impresionante anfitriona. Cuando nadie cubría nuestra cuenta, ella lo pagaba. Eso me desconcertaba.
En una ocasión, en un receso frenético, le pregunté.
Salimos a un pequeño jardín, los dioses sabrán de qué lugar, con una copa en la mano y aún carcajeando por alguna de las situaciones que dejábamos entre aquellas paredes.
—Siempre vas como una princesa. ¿De dónde sacas el dinero para esos vestidos? ¿Tan rentable es el puesto de pescado?
Ella me miró como si estuviese loca y se echó a reír sin compasión. Yo no puede evitar reírme también.
—Con lo que saco en la lonja no tendría ni para el ceñidor de la cintura.
—¿Entonces?
Xila me miró con su expresión de niña traviesa y los ojos vidriosos por el alcohol.
—Esto son las Bocas, cariño. Aquí puede conseguirse todo si sabes cómo hacerlo. Tengo otro trabajo, lo del pescado, ya te lo dije, solo es por hacer un favor.
Me moría de curiosidad por saber qué trabajo proporcionaba semejantes lujos a una joven como ella.
—Ves a ese de ahí —me dijo agarrándome de los hombros y volviéndome hacia el interior de local.
—¿Tu amigo? ¿Con el que has venido hoy?
—En realidad no es mi amigo. La mitad de los hombres que te he presentado en estos días en realidad no son simples amigos. Me pagan para que le acompañe algunas noches a salir y lucirse por ahí.
Arrugué el ceño.
—¿Hablas en serio? Los hombres te pagan por eso.
Ella me sonrió con malicia.
—Desde luego, Cielo. Los hombres pagan por cualquier cosa que no tengan y quieran conseguir. Hombres, mujeres… no importa. Les gusta lucirse y yo hago que se luzcan. Solo tengo que acompañarles durante la noche. Beber con ellos, seguirlos en sus fiestas. Ya ves.
—¿Nada más?
—Nada más. Soy acompañante, nena, no puta. Aunque…
—¿Aunque…?
—Si se portan bien conmigo… quizá, si me apetece, yo me porte bien con ellos al final de la noche—. Me guiñó un ojo y miró al apuesto hombre que ahora identificaba como su acompañante—. Este es guapo, así que me estoy pensando si hacerle yo un regalo a él.
No puede evitar reírme.
—Es increíble. ¿Me lo dices en serio?
—Y tanto, Lya. Me tienen como a la maldita emperatriz elfa. Entro a todos los locales privados de esta ciudad, me codeo con tipos importantes que me hacen regalos carísimos. No tengo ningún compromiso hacia ellos. Si no me apetece salir, simplemente no salgo… y ando sacando cien ares a la semana. La vida es magnífica, te lo aseguro.
Quedé petrificada al escuchar la cifra.
—¿Cien a la semana?
Ella cabeceaba una enérgica afirmación mientras daba otro sorbo a su copa.
—Sin contar regalos, pases, cenas, fiestas. Sólo plata en la mano.
—En el puesto saco diez o doce ares a la semana. Quince si ha sido buena.
—Lo sé, cielo, lo sé. Deberías pensarte dejar ese sitio de mierda donde vives. Eres muy guapa y tanta sal acabará por resecarte. El olor a pescado muerto no te favorece en nada. Si quieres puedo pasarte alguno de los míos. Me han preguntado por ti. Llamas mucho la atención con ese color de pelo tuyo. El rojo les vuelve locos, te lo aseguro.
—Me estás bromeando.
—No, no, en serio. Alguno me ha preguntado por ti. Si te interesa…


Las armas de Xila. by CHARRO


Durante días tuve un gran dilema en cuanto a aquella propuesta. Desde que supe el dinero que ganaba Xila haciendo aquello, cada vez costaba más enfrentarse a las vísceras de pescado y a la salazón. Cada vez mi pequeña habitación se estrechaba más y parecía más incómoda y sucia; y cada vez parecían menos dinero los Ares que ganaba al final de la jornada. Luego, cuando veía a Xila revolotear feliz entre su corte de admiradores, cuando la veía lucir tan brillante sus delicadas prendas y pasábamos la noche entre risas, alcohol y música, cada vez resultaba más y más difícil encarar la jornada siguiente.
Empecé a no dormir.
El trabajo en la lonja me asfixiaba tanto que deseaba que terminase mi jornada para ponerme mis mejores prendas y divertirme un poco con ella. Aquel otro mundo me liberaba. En ocasiones se alargaba hasta la hora de volver a abrir el puesto. Empecé a tener algunos roces con Arik y pronto Jael habló conmigo. Fue duro, aunque amable y no puedo reprocharle ninguna de sus palabras. Tenía razón, pero yo estaba entrando en un bucle que me aprisionaba. No dejaba de pensar en cómo cambiaría mi vida con el dinero que Xila aseguraba podría ganar con solo una cita. Necesitaba respirar fuera de la lonja. Al menos, ganar lo bastante para poder permitirme un alquiler mejor que aquel cuartucho con olor a pescado que poco a poco me agriaba el carácter.
Aquel día hablé con ella.

—¿Quién se interesó por mi?
Xila me sonrió con malicia recordando a la perfección el instante en la conversación a la que me refería. Miró hacia los lados para descartar que nadie nos escuchara y bajó la voz al hablar.
—¿Te lo has pensado?
 —No he dicho tal cosa —me apresuré a confesar—. Sólo pretendo saber quién preguntó por mí.
Volvió a sonreír con picardía. Los ojos le chispeaban.
—Has tenido suerte. Es un encanto… y en la cama es un auténtico dios guerrero.
Trunqué mi expresión.
—Esa no es la información que te he pedido.
Empezó a reír divertida.
—Se llama Iowan. Alto, moreno, ojos grises… Estuvo con nosotras el primer día.
—Le recuerdo.
Desde luego que le recordaba.
—¿Y preguntó por mi?
—Mencionó que le resultabas muy atractiva.
—Aquél día casi iba con la ropa de trabajo, no pudo…
—Precisamente por eso te dije que este negocio podía interesarte —me interrumpió—. Si se fijó en ti ese día con aquel vestido y todo este… olor a pescado, ni te imaginas cuantos pagarían solo por lucirse a tu lado en alguna fiesta si te pones un vestido bonito y unas gotas de fragancia cara.
—Ni tengo ese vestido, ni me puedo permitir ese tipo de perfumes.
En realidad solo estaba poniendo excusas.
—¡Tonterías! Te dejaré uno mío. También el perfume. ¿Te animas? Podría llamarle esta misma noche.
—¿No vas un poco deprisa? Solo quería saber quién era.
Xila me golpeó en el hombro.
—¡Ni lo sueñes! Si te dejo pensarlo no lo harás nunca, Lya. Te conozco. Ese cuerpo tuyo necesita más alegrías.
Volví la mirada hacia el puesto de pescado.
El denso olor a salitre me bombeó las fosas nasales. Xila adivinó mis pensamientos.
—¿De verdad que esta es la vida a la que quieres aferrarte?

Me volví con una respuesta en los labios...




OPCIONES


1.-Quiero escapar de aquí. Lo haré. Llámale. Quedamos en tu casa esta tarde.

2.-No, creo que en realidad no soy ese tipo de chica. Quizá en otra ocasión.
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