miércoles, 6 de junio de 2012

Lya, Elige su Destino. Acto VIII. Baile de Máscaras


Acto VIII

Baile de Máscaras





La tensión de las miradas empieza a hacer mella en mi ánimo.

Soy consciente de la delicada posición en la que me encuentro. Tengo a tres agentes de Ylos esperando una explicación plausible. Mis palabras pueden ser mi tumba. Aguanto la mirada de Jäak. Es dura, pétrea. Está tenso y lo percibo perfectamente. En este instante no puedo hacer ninguna predicción fiable sobre su posible reacción. Tengo el impulso de delatarle. De confesar que nos hemos reunido en una casa en ruinas en el puerto. Que creo que tiene una doble identidad y que confiesa conocerme bien.
Quiero, deseo, casi me excita por un momento la posibilidad de desnudarle ante los inquisidores, forzarle a quitarse una de las máscaras, porque intuyo que tiene más de una. Ni siquiera me planteo las consecuencias, Es casi como si tuviese mucho más valor y sentido para mí despojarlo de su careta, así, abiertamente, sin que nadie lo espere, que los acontecimientos que puedan desatarte inmediatamente a causa de ello.
Me mira.
Me atraviesa.
Me desarma, casi.
Hay un segundo en el que mi lengua quiere comenzar a articular su  respuesta, pero él se adelanta.

—Es una de mis confidentes. No la he registrado, por eso no tenéis constancia de que exista. Está en un puesto clave, es vital que no levante sospechas. El nombre que ha dado es el nombre en clave que uso con ella en nuestros encuentros.
 El hombre maduro mira a Jäak con el rostro torcido. Luego me mira esperando una corroboración. En ese momento me hundo y admito una débil afirmación.
—Dice que tiene información sobre la muerte del Príncipe Escarlata, esta misma noche. Es la primera noticia. ¿Sabías algo de eso?
—No —contesta Jäak muy firme sin dejar de crucificarme con sus ojos verdes. Parece que ningún otro estímulo alrededor le aparta de mi rostro. Empiezo a tener dificultades para aguantarle la mirada. Es más potente de lo que había imaginado. Mi ánimo recela. Mi barbilla se hunde. Me vence por momentos…
—Entonces es el momento de esta hermosa jovencita empiece a contar todo lo que sabe —insinúa el más veterano de los tres.

Ese es el único instante en el que Jäak parece apartar ligeramente su mirada de mis ojos. Es un segundo, pero me siento liberada. Se aproxima al inquisidor de mayor edad y le susurra al oído.
—Es mi confidente. Hablará conmigo más confiada. Yo la interrogaré si no tenéis inconveniente.
—Personalmente me intriga mucho lo que esta muchacha tiene que contarnos.
Hace un gesto con su ceja y el otro inquisidor se mueve hasta uno de los rincones donde el arco de luz de la antorcha no llega. Se funde en las sombras y escucho un sonido de arrastrar sobre el suelo. Vuelve con una banqueta de madera en sus manos y la coloca tras de mi.
—Siéntate.
 Trata de sonar amable pero en realidad es una orden.
Le obedezco.

Noto cómo me miran. Me estudian de arriba abajo. Se paran en mis muslos desnudos, en el vientre, en mi cuerpo apenas cubierto. Recorren con sus ojos mis hombros de piel crispada. Debo estar acostumbrada a miradas como esas, pero debo haberlo olvidado y me siento intimidada.
Percibo cómo Jäak da un ligero paso hacia atrás. El hombre que va a interrogarme acerca su rostro al mío. Dibuja en su cara una sonrisa de superioridad. Vuelve a mirarme. A repasarme con su mirada inquisidora.
—No pareces una criada.
—No, señor —respondo— Trabajo en la Sirena Varada.
El inquisidor se vuelve despacio para mirar a Jäak. Él Se muestra impasible al recibir aquella mirada cargada de significado. Está tenso. Noto que está tenso, pero es probable que solo yo me haya dado cuenta.
Regresa sus ojos a mí.
—Una puta… debería de haberme dado cuenta. —Hace una pausa—. Y ¿cómo es que una puta sabe que el Príncipe Escarlata ha muerto esta noche? ¿Estabas allí?
Silencio.
Cruzo la mirada con Jäak. Sigue esforzándose por no delatar su tensión.
Miro a mi interrogador.

—Sí, señor. Estaba.
Hay sorpresa ante la respuesta.
—¿Has visto quien le ha matado?
Nueva mirada a Jäak.
Tiene la mandíbula apretada, ya ni siquiera se esfuerza en disimular.

—He… sido yo, Señor.
Cierro los ojos por inercia. Solo un instante, como el chico que confiesa una trastada y espera la reprimenda. Es un gesto automático que no pienso.
Siento algo húmedo que golpea mi cara.
Son unas gotas calientes. Creo que es saliva, que me han escupido.
Al abrir los ojos el impacto de la visión me sobresalta. El tipo que me interroga tiene la boca abierta y los ojos dilatados, como si mis palabras le hubiesen sorprendido tanto que no hubiese podido evitar ese gesto de asombro desmesurado.
Pero no es de sorpresa por mi confesión aquel gesto.
De su boca asoma una hoja de cuchilla bañada en sangre. La imagen solo dura una décima de segundo pero se queda fija en mi retina como si fuese un fresco en la pared. La hoja sale por donde ha entrado y el cuerpo cae a plomo sobre el suelo. Antes de golpear la piedra Aquella hoja ya ha encontrado otra garganta y se ha hundido mortalmente en ella. Yo soy la que por un momento no sabe reaccionar.
Jäak se vuelve hacia mí con el arma homicida empapada de muerte en su filo. Sus ojos verdes parecen ahora caníbales. De un gesto que no espero, el dorso de su mano golpea en mi mejilla y caigo al suelo de aquella bofetada.

 —Estúpida. Insensata. Debería matarte aquí mismo—. Me agarra de las ropas y me devuelve al asiento. La hoja del cuchillo queda frente a mi cara—. Cinco años de coartada. Cinco años infiltrado en esta casa para que decidas venir aquí por tu propio pie. ¿Qué esperabas conseguir? ¿Qué maldita cosa ha pasado por tu cabeza para venir aquí, preguntar por mí y confesar lo que eres a esta gente? No puedo creer que seas tan estúpida, Lya.
El cuchillo se mueve frente a mi cara. El corazón me palpita. Las palabras de Jäak me laceran como si ya me hubiese clavado esa hoja. Hay un momento en el que mi cerebro reacciona sin mi permiso.
Con rapidez de serpiente agarro sus muñecas y me deslizo torciendo mi cuerpo. Apreso el cuchillo y giro sus miembros dolorosamente en una secuencia de movimientos que mi cabeza tiene grabados como mecánicos. Casi está a mi merced cuando asombrosamente aquellos brazos contrarrestan mi giro con el suyo. Siento perder mi apoyo, me lleva, me descoloca.
Lo que hace un instante era una presa perfecta se vuelve contra mí y acabo dolorosamente en el suelo. Tengo sólo el instante justo de agarrar uno de sus brazos, pero no puedo evitar que el cuchillo acabe amenazando con su filo la piel de mi garganta. Está sobre mí. Sobre mi cuerpo. Su cuchillo me besa mi cuello y sus labios se encuentran a dos centímetros de los míos. Me siento una niña que pelea contra su padre. Toda mi seguridad se ha venido abajo.
—Dije que debiste haberme matado. Dije que fallaste en tu misión… pero ¿quieres saber por qué?
Está enfadado. Noto su ira, su tensión, su rabia. Trago saliva.
Su presencia intimida, rescata sensaciones que tenía ocultas. Una parte de él me inspira miedo… la otra…
—Dímelo tú, Jäak Vihyou, si ese es tu verdadero nombre.

Me alza como si fuese de papel. Mantiene su presa en el cuello y la amenaza de la hoja en él. Me arrastra hasta una pared y vuelve a presionar su cuerpo sobre el mío. El olor denso que despide me embarga, me regresa a un tiempo que he olvidado, despierta algo que no puedo reconocer.
—Porque no puedes sorprenderme, Lya. Porque sé cómo, cuándo y dónde vas a lanzar tu ataque. Porque conozco tus trucos y tus movimientos…
—¿A sí? ¿Te has dedicado a espiarme? —Me sorprendo de mi propia temeridad.
—Yo te los enseñé, Lya. Yo te puse ese nombre. Yo te enseñé el arte de matar.  Soy… tu maestro.

Algo gira en mi estómago.
Una certeza que siempre he sabido desde que ese nombre, ese Jäak Vihyou apareció en mi mente, pero que no he querido creer. Continúa hablando.
—Yo te di esta vida. Yo te hice lo que eres. Pero ocurrió algo que no debía haber ocurrido. Falté a mi promesa… fui débil.
Su voz penetra en cada poro de mi piel. Vibra con todas las partes de mi cuerpo. Me transporta. Hay una parte de mí que no puede combatir a esa voz, que ya está derrotada de antemano. Una parte de mí que ya conoce las respuestas que va a darme aunque ignore las preguntas.
—Por eso te mandaron a buscarme, porque sabían que era débil frente a ti. Se encargaron de hacer que me odiaras. No tengo nada que reprocharles, merecía ese odio. Te engañé como único recurso para mantenerte con vida. Pero me encontraste… y solo me quedó una opción: borrarme de tu memoria.
No quiero reconocerlo pero estoy temblando bajo él.
Su cuchillo sigue ahí, en mi garganta. Pero ya no hay fuerza. Nunca tuvo intención de herir. Su mirada se ha perdido en mis ojos. Su gesto tiene la melancolía de dos vidas paralelas que han pasado una frente a otra sin poder tocarse. Su voz ha terminado abriendo las mismas heridas que se esforzaba en cerrar.
—Matarme podía haber sido una opción más rápida —le digo—. Definitiva, sin cabos sueltos, sin errores. Si eras maestro de asesinos… ¿qué te lo impidió?
Su respuesta la he conocido siempre sin saberla.
            —Lo mismo que me impide ahora hacerte callar para siempre. Lo mismo que me obligó a marcharme para no ponerte en peligro. Lo mismo que me hizo quedarme entre las sombras a pesar de saber que no volverías a reconocerme. Lo mismo… que me ha obligado a hacerlo todo. ¿No lo imaginas?
            Le miro.
No soy consciente de que mi pecho se ha acelerado sin permiso. Que mis brazos y piernas se han rendido de antemano. Que mis ojos se han clavado en sus pestañas. Noto cómo mi cabeza batalla. Cómo en mi mente los recuerdos durmientes se rebelan contra aquello que los encierra. Percibo su guerra interna, la necesidad de liberarme. He quedado mirando sus labios entreabiertos. El mira los míos. Los nudos en la garganta se deshacen en un parpadeo.
Hay un instante de impulso incontrolado.
Mi impulso.
Su impulso.
Como ciegos que se lanzan al abismo. Como signos de interrogación sin respuesta inmediata. Como el último segundo de la vida. Ambos, los dos. Sin medirlo, sin premeditarlo, nos lanzamos sobre los labios del otro como si ese fuese el único camino de salida.
            Me besa, me muerde.
Le beso. Le devoro.
Las manos inician un recorrido perverso por el cuerpo del otro. Mi cuerpo traza formas sinuosas entre sus brazos. Su cuerpo se aprieta al mío como si quisiera soldarse a mi piel.
El cuchillo desaparece de sus manos como un invitado no deseado que huye de la fiesta.
Cae al suelo.
Es su golpear de metal el que nos obliga a despertar.
Él tiene mi rostro entre sus manos. Yo le abrazo por detrás del cuello. Una de mis piernas le rodea la cintura. He perdido la sensación del tiempo. No he sido dueña de mis actos. No sé de dónde ha salido tanta pasión en un instante. No sé, tampoco, cómo he podido refrenarla en este momento.
Nos recomponemos. A duras penas, nos recomponemos.
No es ni el mejor lugar ni el mejor momento.
No apartamos del otro siendo conscientes del impulso que nos ha llevado a comernos sin pensarlo. Como haber cruzado una línea prohibida de nuevo. Como haberse quitado el antifaz en mitad del baile de máscaras.
Mis manos tiemblan.
Tengo el sabor de sus labios en los míos, la huella de su boca en mi barbilla, la piel de sus mejillas sin rasurar arañando las mías.
Él se agacha y recoge su cuchillo. Me lo tiende sin decir una palabra.

—Tenemos que salir de aquí, Jäak. —mi voz aún se escucha temblorosa. Él asiente con un débil cabeceo.
—Hay cerca de 20 personas en esta casa franca —me cuenta mientras saca otra daga de su cinto, oculto por los vuelos de su capa—. Incluyo agentes, criados, servicio y los mercenarios de custodia. Si queremos darnos algún tipo de ventaja deben morir todos. Espero que no hayas olvidado todo lo que te enseñé.

Impulso by CHARRO

Opciones

1—.     Sigue el plan de Jäak. 
Matadlos a todos, quemad la Casa Franca. Sin testigos, eso nos dará tiempo.

2—.     Busca una alternativa sin llamar la atención. 
Salgamos sin que nadie se entere. 




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