miércoles, 28 de marzo de 2012

Flor de Jade, Elige tu destino: Acto I OSCURIDAD


fragmento -Oscuridad- Lya in Chains by Charro




Acto I

Oscuridad



Dolor
Dolor en las sienes. Es pulsante y martillea. Se extiende sobre los ojos. Creo que son sus punzadas las que me hacen despertar…
Parpadeo.
La cabeza me da vueltas y la imagen tarda en enfocarse. Ni siquiera tengo consciencia de mi posición. Estoy tumbada. Me duele todo el cuerpo. Estoy sobre un colchón o eso parece. Hay manchas de sangre por todos lados. No sé si es mía.
Mi visión no es nítida y me cuesta abrir los ojos por completo.
Es una estancia oscura y fría. Hay humedad y apenas un leve haz de luz rompe la monotonía. Las paredes están desnudas, igual que yo.
Trato de levantar la cabeza pero el vértigo es insoportable y vuelvo a caer. Me siento derrotada por un instante. Percibo el silencio horrible que lo envuelve todo. Es ahora cuando noto que tengo las muñecas apresadas a la espalda. Estoy encadenada al camastro.
¿Cómo demonios he llegado hasta aquí?

No puedo recordar nada. No reconozco este lugar. No sé qué ha pasado.
Mi nombre es Lya, me digo. Es como un pensamiento primario, como una voz que me advierte un punto en la conciencia al que agarrarse cuando todo lo demás se ha desvanecido.
Lya… pero es un eco en el vacío. Tras ese nombre no hay nada más.

Me concedo un instante de tregua para valorar una situación que no se presenta nada halagüeña. Estoy encadenada y desnuda, probablemente en una celda. El cuerpo me duele a morir, por lo que quien me haya traído hasta aquí, por la razón que sea, ya ha empezado a divertirse conmigo.
Una parte de mi se enfurece, la otra está aterrada.

Hace frío, un frío húmedo y cruel. El frío de la soledad y el miedo.
Giro. Me posiciono. Hay combate, rebeldía. Es un arrebato que gasta energías innecesariamente y me produce aún más dolor. Trato de ver hasta dónde dan de sí las cadenas que me aprisionan. Con mucho esfuerzo consigo sentarme. Quien me haya traído hasta aquí se ha asegurado que no pueda ir más allá de este sucio camastro. Tengo los muslos cuajados de moretones. O me resistí o alguien se lo ha pasado en grande.
Dentro de mí el orgullo se revela. Sentirse prisionera y títere puede más que el dolor en las costillas, las nauseas y el sabor de la sangre en mi boca.
Mi vista se aclara un poco aunque la punzada en las sienes continúa machacándome.

No consigo tener pensamientos cercanos. No consigo traer de vuelta nada que explique cómo he podido llegar a esta situación. Veo imágenes en mi mente. Son difusas: Un lugar que reconozco. Hay música, color. Está lleno de gente, de hombres en su mayoría. Ese lugar me pertenece o yo le pertenezco.
Me recuerdo bailando. Los hombres me miran. Sus miradas de deseo se me pegan a la piel. Me gusta hacerlo. Me gusta provocarles esas miradas. Tengo poder sobre ellos. Sobre el escenario… ¡es un escenario! Yo tengo el mando.
Recuerdo una conversación. Me señalan a un hombre. Es alguien poderoso, temido.
Debo ir con él, pero ese pensamiento no me asusta. Voy confiada pero no me recuerdo ingenua. Tengo recursos. Tengo mis recursos.
Hay una certeza que cruza mi mente en ese instante de serenidad. No es un pensamiento concreto, es como una seguridad que me sobreviene sin explicación: la tranquilidad de saber que en realidad estas cadenas no me retienen. En realidad estoy libre.

Ni siquiera lo pienso. No es un acto meditado es casi un impulso reflejo. De un movimiento preciso mi pulgar se disloca de su sitio y mi mano derecha sale limpiamente de sus grilletes. La izquierda le sigue con la misma facilidad.
Necesito tragar saliva.
Tengo que mirarme las manos libres para creerlo. La imagen de mis dedos fuera de su sitio no me impresiona, como si estuviese acostumbrada a verlos así, pero no lo estoy. Ni siquiera era consciente de que podía hacer eso. Todo es extraño. Tampoco tengo que pensar el movimiento preciso para devolver los pulgares a su posición original.
Las marcas de los grilletes en mis muñecas me escuecen. Las froto. Vuelven a llegarme las dudas.
¿Qué hago aquí? ¿Cómo he acabado aquí? ¿Qué lugar es exactamente «aquí»?
Es una celda, ya no tengo la menor duda. Un pequeño haz de luna se cuela por una abertura circular en el techo de piedra cruda. La puerta de metal oxidado no deja lugar a dudas.
Me levanto, camino descalza por el suelo húmedo. Es frío pero me libera momentáneamente del ardor de mi cuerpo. No sé si es fiebre y el temblor que me recorre es producto de ella. En algún momento mis tobillos debieron también estar prisioneros también. Las mismas marcas de los grilletes en mis muñecas abrasan mis tobillos.
Mi caminar es lento al principio, inseguro. Avanzo tres pasos que parecen años. Palpo mis costillas a la espera de encontrarme la fractura, pero tengo suerte. Me abrazo en un gesto de defensa. Noto que se escurre una lágrima por mi mejilla. Quiero pensar que es a causa de este dolor que me devora.

¿Y ahora?
Tengo que salir de aquí… Si me encuentran libre de las cadenas puedo darme por muerta. Algo me dice que huir de esta ratonera no va a ser tan fácil como seguramente llegué a entrar.
Piensa… piensa en algo Lya…
Mis pensamientos han huido. Hay un enorme vacío en mí. Todo es oscuridad.
Un nombre viene a mi cabeza. De súbito. Aparta todos los pensamientos y se cuela dentro, como un corsario.
Jäak Vihyau

¡¿Quién es Jäak Vihyau?! ¿Por qué recuerdo su nombre?


¡Pasos!
El sonido sordo de botas que se acercan me saca de una bofetada de mis preocupaciones. Tiemblo, mi pecho se agita sin control. Los pasos avanzan rápidos. Son más de una persona.
Entre tres y cinco, en concreto. Deben ser hombres de buena estatura y peso… van armados y acorazados. Armaduras recias pero no son de metal. Uno de ellos es liviano… ¿una mujer? Viene desarmado, desprotegido. No sé por qué puedo tener certeza de estos detalles solo por el eco de sus pasos. Es como si mi mente activase recursos que desconozco, que no conecto pero que están ahí, cubiertos de polvo, pero existentes y me ofrecen información.
Mi corazón bombea como un caballo a galope. Desesperada por la proximidad de las pisadas vuelvo a aquel camastro. Me siento. Pongo mis manos a la espalda y agarro los grilletes. Agacho la cabeza. No puedo dejar de temblar. No puedo dejar de temblar… pero a la vez hay una extraña seguridad en mi cabeza…
No estoy desarmada, no estoy desarmada.
El arma… el arma…
¡El arma soy yo!

Ya están aquí.
No quiero levantar la cabeza aún. Oigo las llaves hurgar en la cerradura. Una voz de hombre hace una broma a mi costa. Me llama «gatita». Le parece divertido encontrarme despierta… Algo se me arruga en el estómago.
Los pasos resuenan en la celda. Han entrado. Algunos, al menos. Mi mente solo piensa que la puerta está abierta. Como si simplemente pudiese salir caminando por ella…
Levanto los ojos levemente y les miro entre mis cabellos enredados. Solo alcanzo a ver hasta la cintura de las figuras. Dos soldados han entrado. Llevan cotas recias de cuero remachado, se arman con mazas de hierro. Dos han quedado fuera de la celda.
Tenía razón, hay una mujer con ellos. Lleva un emblema que reconozco: La Orden de Ylos. Es una informadora.
Hay otra figura. Un hombre delgado. Lleva puesto un delantal de cuero crudo, como el que usan los carniceros. Abre una pequeña banqueta y saca un estuche de piel enrollada en el que hay punzones y hojas de distintos tamaños y formas. Tiene una piedra de afilar. No habla. Está concentrado en el proceso. El rasgar de la primera cuchilla en la piedra me produce un escalofrío.
Esto va a ser un interrogatorio… y no va a gustarme.

La mujer avanza un paso. Mis ojos pasan raudos del estuche de punzones a la puerta abierta. Algo me dice que mi oportunidad está ahí por inconcebible que parezca. Mi mente está calculando posibilidades sin mi permiso. Ha comenzado una secuencia de movimientos… la sangre me hierve a borbotones en las venas.
¡Pero son seis! ¡Seis! Soldados entrenados y armados ¿Estoy loca? Estoy desnuda y mi cuerpo está machacado. No es posible salir así de aquí. No lo es. Soy bailarina, por Yelm ¿En qué locura pienso? Pero entonces por qué… por qué algo me dice que si, que puedo y que ellos no lo esperan.

La mujer me dirige la palabra.
—Hay dos formas de hacer esto, Lya. A mi manera y me cuentas lo que quiero saber…o a la suya —y señala al tipo de la piedra de afilar.
El corazón me va a estallar en el pecho.

Cuando levanto la mirada tengo muy claro qué hacer…


Lya in chains. Oscuridad. By Charro. 




Opciones:

1—. Hay una tercera vía, zorra: A mi manera. 
(¡Ataca ahora Lya! Antes de que nadie reacione, no des tiempo).

2—. (Lya, estás loca?? Son seis ¡Estás desnuda y desarmada!) 
Bien, soy una persona razonable. Hagámoslo a tu manera. Hablemos.




Votad, Insensatos!!
Tenéis hasta las 00:00h del Sábado 31 para cambiar su destino.



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