martes, 10 de noviembre de 2009

Vilches y Luis Royo. Una Instantánea soñada desde hace 20 años.


El Salón del Cómic de Málaga ha proporcionados momentos irrepetibles, pero ninguno, no sólo para mí, como el de estar junto al incontestable maestro de maestros, Luis Royo.
Huelga decir que admiro a este hombre y a su trabajo desde que tengo uso de razon. Cuando tuve el entendimiento suficiente como para saber qué era una ilustración, este señor ya era un maestro internacional. Toda mi generación ha crecido eclipsada por la magia de los pinceles en esas manos. Es especialmente emotivo saber que la inmensa mayoría de los ilustradores invitados a este evento, algunos de gran trayectoria y curriculo no solo se confesaban devotos admiradores de Luis Royo, sino que muchos admitían que sus trabajos fueron aquellos que alimentaron la llama de ser algún día lo que ahora son, grandes ilustradores.

Si me hubiesen dicho hace sólo un año que iba a estar al lado de este mago me hubiese reído a carcajada limpia. Cuando supe que asistiria al evento recé para encontrar la valentía necesaria para pedirle una foto. En mi orgullo queda saber que esta foto no es producto de un ataque a traición, de un "maestro, una foto, por favor" sino que es el final de una semana verdaderamente mágica en la que pude disfrutar de su cercanía en muchos más momentos de los que jamás hubiese imaginado.
Para mí quedan esos desayunos en la cafetería cercana al hotel, o esas cervezas a la luz del sol de Málaga donde una vez más se descubre que quien es verdaderamente importante, quien ya no tiene nada que demostrar, se presenta con toda la humildad que caracteriza a los verdaderos maestros.

Ver trabajar a Luis Royo es una experiencia fascinante. La presencia de este hombre, de negro sempiterno es tan arrolladora y magnética que parece envolverle un aureola luminiscente. Llena los espacios con una gravedad inaudita. Su conversación es pausada y serena; envolvente. A uno no le cabe la menor duda que está ante alguien capaz de dar cuerpo a todas las fantasías.
Si los ilustradores que conozco confiesaban haber tenido su revelación mística después de impresionarse con las láminas nacidas de su mano, no es menos cierto que cualquier escritor mataría o se dejaría matar (yo el primero) por ver sus personajes hechos carne a través de los pinceles de Luis Royo.

Hay sueños que siguen siendo sueños y que con toda seguridad no pasarán nunca de ahí. Pero el camino sigue, la vida da vueltas y en sus esquinas a veces encontramos tesoros inesperados. Compartir aquellos momentos con él y con su mujer, Pilar, toda una señora de pies a cabeza, ha sido otras de esas sorpresas que la vida me reservaba desde que una vez, apenas con 10 años, descubriese que había hombres capaces de dar forma a los sueños.

Gracias, Maestro, por una vida dedicada a pintar nuestras fantasías y dar color a nuestra imaginación.
Nos encontraremos por el camino.

PD: Gracias por la foto, Alfredo. Sabes la especial ilusión que me hacía tenerla.
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