lunes, 6 de agosto de 2012

Acto X Los Rincones Perdidos de la Memoria





Acto X

Los Rincones Perdidos de la Memoria



Tengo una extraña sensación de deja vu.
Algo en mi mente me advierte que esto ya lo he vivido. Es un pensamiento consciente pero ajeno. Lo produce una metaconsciencia. La misma que en el fondo me advierte que nada de esto es real, que es una ensoñación. Asiste a la escena como un visitante, como un observador. Sin embargo, mi cabeza tiene los pensamientos primarios de una niña de seis años: miedo, alarma, indefensión.
            Me doy cuenta de que en realidad estoy escondida, agazapada en un rincón. Es una habitación pequeña. Huele fuerte a sal y pescado. Tengo un inmenso barril frente a mi cuerpo que me oculta parcialmente. Mis ojos, que empiezan a acostumbrarse a la escasez de luz, empiezan a formar siluetas y figuras en torno a mí.
            Escucho sonidos amortiguados más allá de las paredes. Parecen voces y pasos apresurados. Suenan sobre mi cabeza, en el techo. Se arrastran y caen cosas.

"Rincones perdidos de la memoria" by CHARRO


            Una parte me invita con sensatez a quedarme en silencio. Tengo miedo, pero la duda de saber realmente qué pasa y la angustia que me produce aquel espacio húmedo, denso y claustrofóbico me sacan de mi escondite y me llevan hacia unos estrechos escalones de piedra que ascienden.
            Los subo temerosa y casi sin hacer ruido. Me agazapo en el quicio de la puerta para observar. Es una cocina. Parece vacía a pesar de estar desordenada. Desde mi ángulo veo la puerta y el pasillo al que conecta. Me escabullo entre la mesa y alcanzo el borde de la entrada.

                Ahora las voces son nítidas.
           Hay una voz de hombre, rugiente, malencarada. Hay sollozos y quejidos de mujer, que llora y suplica. Hay más ecos, más presencias que parecen pulular por todas partes. Salgo al pasillo y me pego a la pared. Se abren a mi panorama de visión distintas estancias.
            A mi metaconsciencia, la que sabe que duermo o deliro, le llega una sensación. 
            Conozco el lugar.
          Es mi casa o aquello que, por aquel entonces, llamaba hogar. Se ha abierto una rendija en la muralla tras la que había encerrado aquel recuerdo. Ahora, incluso en el estado ausente en el que me encuentro, temo las sensaciones que va a provocarme haber reconocido la escena. Son rincones que conozco, colores y objetos que me regresan de un golpe a un pasado que ya no existía. Son los olores intensos que han pervivido asociados a una etapa temprana que mi mente olvidó.
            
            Me he quedado paralizada.
            Lo que contemplo desde la esquina del pasillo es una sala amplia. Hay mucha gente allí, mucha gente asustada. La mayoría son mujeres. Mujeres jóvenes pero hay de todo.
            Me llegan nombres que tan pronto pasan, se olvidan. Rostros que una vez recordé, tactos y olores que fueron míos. Aquello era un burdel.
            Hay hombres, también. Acompañan a quien profieres los gritos y las amenazas. Hay otra mujer a sus pies, arrasada en lágrimas. Se me coge un pellizco en el corazón al reconocerla.

—¿Dónde está, vieja zorra?
—La niña no, por favor, la niña no. Conseguiré el dinero, lo prometo, pero la niña no.
—Ya es tarde para eso.

Un calor sofocante me recorre de arriba abajo. Ahora entiendo por qué me ocultaba. En realidad aquellos hombres me buscan a mí.
Fundo mi espalda a la pared con la sensación de recorrerme un sudor frío por las sienes. Noto que el corazón se me acelera. Percibo su pequeño latir apresurado golpeándome el pecho.
En ese instante un sonido al otro extremo del pasillo me sobresalta. Un hombre sale de una habitación anexa con gesto de frustración y al asomar al pasillo me descubre. Hay un segundo en el que su rostro revela sorpresa y uno en el que en el mío existe la indecisión.
—¡Está aquí! —grita y su voz resulta el estímulo para salir de allí sin mirar atrás.
Corro desesperada por el salón sorteando a las primeras figuras que lo llenan.. Soy lo bastante pequeña para colarme incluso entre las piernas. Tras de mi, el hombre del pasillo ha aparecido gritando y de pronto toda la atención se centra en mi esquiva presencia.
—Coged a la pequeña apestosa.
La voz de la mujer se desgarra en un grito.
—¡¡Corre!! ¡¡Corre!!

Mi desesperada huida es ciega. Me satura la visión de las personas allí que se multiplican por mil en mi desesperación. Pronto tengo la sensación mareante de la desorientación. Esquivo con agilidad a los primeros brazos que pretenden darme caza pero no tengo tanta suerte con los que llegan tras ellos, que me atrapan poco antes de que pueda alcanzar la puerta de salida.
Me izan, me aprisionan.
Pataleo desesperada, gruño y grito todo lo que mi garganta da de si.
Veo los rostros compungidos de las mujeres allí. Hay indignación, temor y mucha impotencia. Saben que lo que está ocurriendo es injusto pero ninguna de ellas saldrá en mi defensa. No pueden hacerlo. Se juegan la vida.
La mujer del suelo se desgarra en un quejido. De mi boca solo sale una palabra cuando soy plenamente consciente de que van a separarnos.
—¡¡Mamá!!

—¿La tienes? —El hombre que amenazaba mi madre pregunta al tipo que me contiene en sus brazos. Aquel se limita a afirmar con la cabeza mientras afianza su presa—. Llévala al carro y terminemos con esto.

Había olvidado aquel rostro desencajado de mujer que trata de acercarse a mí mientras dos hombres se lo impiden con fuerza. Aquel rostro de dolor inhumano cuyos brazos trata de alargar sin esperanza. Aquel rostro… lo había olvidado.

Me sacan por la puerta mientras sigo escuchando sus alaridos y mi garganta continúa llamándola con desesperación.
Me sacan. Nos alejamos.
El hombre que manda viene a nuestro lado, pero se detiene ante dos hombres que se encontraban en el exterior.
Oigo perfectamente la orden que les da.
—Matad a esa puta escandalosa. Ya no me sirve de nada.
Los hombres asienten. Les veo entrar en el edificio y cerrar tras ellos. La mirada del que cierra la puerta se cruza con la mía, empañada en lágrimas, que sigue desesperadamente llamando a voces a la mujer que grita en el interior. Que siguió llamándola y derramando lágrimas incluso cuando dejó de escuchar sus gritos.
Me lanzan al interior de un carro techado. Es poco más que una caja con ruedas.
Todo se vuelve oscuro…
Todo se vuelve oscuro.


***


Oigo mi nombre en un susurro. Tocan mi cuerpo. Sigue sin consciencia. No saben que una desesperada parte de mi mente trata de abrirse paso a la realidad. Los miembros me pesan como el plomo. Mi ser se hunde, se pierde, navega.
Regresa a otro confín en mis recuerdos…


***


           —¿Quién es?
           —No lo sé. No me ha dicho su nombre.
           —¿Dónde la has encontrado? —escucho como el otro sisea para mandarle bajar la voz.
       —Caminaba perdida en la playa —susurra—. Estaba desorientada. Preguntó qué lugar era éste. Ni siquiera sabía dónde se encontraba. Cuando se lo dije, no lo reconocía. Se quedó como atontada. No podía dejarla sola por ahí en ese estado, Jael.

            Hablan de mí. Creen que no les oigo. Finjo no hacerlo pero hablan de mí.
         Estoy en una mesa. Visto ropas desgastadas como cualquier campesino común. Ya no tengo diez años. Mis proporciones se asemejan a las de ahora aunque sé que soy unos años más joven. He dejado de ser una niña y mi cuerpo es el de una mujer.
            Como de un cuenco de madera un plato sencillo y caliente que tomo con cuchara. Estoy hambrienta.
Levanto un poco la vista del plato y observo el habitáculo de una casa a todas luces modesta. Quizá el hogar de un labrador… no, hay útiles de pesca decorando las paredes. Es marinero o pescador la persona que me aloja.
            Son dos. 
           No puedo verles porque están en una habitación anexa y han encajado la puerta. Tratan de hablar en voz baja pero puedo seguir su conversación.
            Aparece una tercera voz que no esperaba. Es la voz de una mujer.
            —No la quiero en casa, Nill —Suena hosca, tajante.
            —Pero no podía dejarla allí —Se excusa el primero.
           —No la quiero en casa —insiste la mujer. 
        No puedo evitar sentirme incómoda y dejo definitivamente de comer. Trato de pasar el momento mirando sin apego a cualquier rincón de aquella vivienda. Me cruzo con la rendija abierta de la puerta y compruebo que alguien ha lanzado un vistazo por ella.
            —Ha terminado, deberíamos salir —dice la segunda voz de hombre—. Yo me encargaré de esto, hermano.

           Salen dos hombres y una mujer del pequeño cuarto anexo. El primero es joven e imberbe. Su rostro es de preocupación. El otro es más alto y corpulento, parece casi doblarle la edad. Luce una barba poblada y músculos nudosos del trabajo. Trata de sonreírme para aliviar la tensión creada. Tras ellos, una mujer joven que ni siquiera disimula su malestar. Tiene el ceño fruncido y camina con los brazos cruzados. Todos son gente humilde, gente de la tierra.
            —Gracias por la comida —me apresuro a decir con tono neutro.
            —¿Te ha gustado? Te sientes mejor? —El gesto de amabilidad que el hombre joven me ofrece no parece ser del agrado de la mujer que le fulmina con la mirada. Él parece notarlo y evita cruzar la vista conmigo mientras me retira el plato. Reconozco cuando la hostilidad de una mujer no solo está alimentada por el miedo o la desconfianza. Es obvio que esa mujer está tensa a mi lado y tiene celos de la amabilidad de quien es probablemente su marido.
            El otro hombre trata de centrar la conversación sentándose frente a mí en la mesa.
            —¿Estás mejor?
          Sé que es una pregunta retórica. Solo pretende romper un poco el hielo así que le contesto por inercia con un leve movimiento de mi cabeza. Enseguida entra en lo que le interesa.
            —Mi hermano dice que te encontró desorientada en la playa. ¿Sabes cómo llegaste hasta ahí?
            —No —afirmo sin dilación. Sé que no es la primera vez que he respondido a esa misma pregunta en breve tiempo.
            —¿Tu nombre, al menos?
            Me hace dudar. Rebusco y confieso un nombre que asocio conmigo.
            —Lya… creo.
            Mi duda le hace arrugar el entrecejo.
            —Bien... Lya —compruebo que trata de decirme algo que no sabe cómo empezar a decir. Teme hacerme daño—. No puedes quedarte, ¿entiendes? No…
            Interrumpo su excusa.
            —Lo entiendo. Gracias por la comida —añado mirando al hombre joven que se ruboriza ante mi mirada y gira rápido la vista para buscar el gesto de su mujer, que sigue hosco. Vuelvo los ojos, entonces,  al hombre de la barba ante mí. Leo en su gesto y en su mirada. No hay nada hostil, solo una tensión generada por una situación que no sabe muy bien cómo gestionar. Trato de calmarle ofreciendo de nuevo las mismas respuestas que ya he dado a esas mismas preguntas.
            —Desperté en una playa. No sabía qué lugar era, ni cómo había llegado hasta allí. Deambulé sola un trecho hasta encontrar a tu hermano.
            —¿Tienes familia? ¿Alguien a quien poder poner en aviso? ¿Un hogar al que volver?
            —No —vuelvo a contestar—. Si tengo, no los recuerdo.

            El hombre suspira y aprieta los labios.
            —No es mucho para poder ayudarte.
         —Hay templos en la ciudad. Allí podrán hacerse cargo de ella —advierte la mujer. Todos se vuelven a mirarla.
            El hombre de la barba regresa a mi rostro.
            —Voy a la ciudad. Llevo abastos para el mercado. Puedes venir conmigo, si quieres. Te dejaré en el Templo de Yelm, o en algún otro, si tienes preferencia.
            Sé que no voy a sacar mucho más de aquella gente sencilla, así que vuelvo a dar las gracias y me levanto como respuesta inmediata. Observo que aquella mujer parece aliviarse ante mi predisposición a marcharme de allí. Se crea un silencio hosco en la estancia que se rompe después de unos segundos interminables con un amable «buena suerte» del más joven.
            Acepto el gesto sincero pero soy consciente de la carga que supongo para ellos y no alargo mucho más la despedida. Fuera un carro tirado por mulas y cargado de cajas con pescado nos aguarda. Hace un día luminoso y aún es temprano en la mañana. Los soles gemelos luces su soberbia estampa en un cielo despejado que confunde su azul con la línea del mar. Era una casa próxima a la costa. La brisa cargada de humedad y salitre me ofrece una refrescante bienvenida. El rumor rompiente de las olas aporta una relajante melodía. 
            Jael sube al carro y ante mi quietud me anima a acompañarle en la yunta, junto a él. Inspiro una bocanada de mar y subo con él. De un golpe de brida, aquellas mulas inician su paso cansino.
            Hay unos primeros minutos de silencio, casi existe cierta incomodidad. A fin de cuentas somos dos desconocidos condenados a la proximidad durante un trayecto que se antoja largo.
            Mi mente se aísla pronto.

         Trato de no caer en el vértigo en el que me sitúa mi estado de amnesia. El único punto a favor es ignorar cualquier punto de referencia pasado. Es como abrir una página en blanco. Todo es nuevo y todo está por escribir. No puedes añorar lo que no recuerdas. Tampoco hay muchas alternativas salvo empezar a escribir esa página en blanco. Quién soy en realidad, de dónde vengo o cómo he llegado hasta esa situación también son incógnitas que me preocupan pero cuyas respuestas se antojan de momento inalcanzables.
            Con todo, quiero escapar de la sensación opresiva que todo ese abismo me suscita.
            —¿Por qué me odiaba esa mujer? No le he hecho nada.
            Mi acompañante se vuelve y trata de hilar conexión en mi frase.
            —¿Te refieres a Naeva? ¿Crees que te odiaba? Es buena chica. Son tiempos difíciles, supongo que le asustaba la responsabilidad de cargar con tu suerte. No se le puede reprochar la falta de seguridad o la desconfianza.
            —Entiendo que me viese como un problema, pero no parecía que agradeciese que su marido hubiese ayudado a otro ser humano.
            Jael sonrió de medio lado y echó la mirada al frente unos instantes.
            —Es joven y celosa. El ser humano que Nill había metido en su casa era una joven bonita e indefensa, no la culpes.
            Noto que se ruboriza ante su propio halago.
            —¿Celos de qué? Solo necesitaba un cuenco de sopa y un lugar para ubicarme de nuevo, no un marido. No pensaba robárselo.
            Él carcajea y encoge los hombros.
—No me pidas que piense como una mujer.
No pretendía que hubiese sonado a broma, pero el ambiente se relaja un poco con aquellas carcajadas que me termina contagiando.
—¿Tú mujer también es celosa?
Él se ensombrece al escucharme y vuelve la mirada al frente.
—Soy viudo. Mi mujer murió.
Siento haber estropeado el buen ambiente tan rápido.
Le pido disculpas y guardo silencio.
—No pasa nada. ¿Cómo ibas a saberlo? Además, pasó hace tiempo. Ya está... superado.

           Miente, es obvio.
         A pesar de restarle importancia, aquel hombre se silencia. Pasamos un buen trecho sin volver a hablar.
          Dejamos atrás las casas dispersas de lo que parece una colonia costera de pescadores. Seguimos la línea de costa y pronto comienzan a dibujarse en el horizonte las formas monstruosas de una ciudad que se extiende a lo llano en la desembocadura de un caudaloso río.
            Abarca toda la extensión de un gran delta y buena parte del terreno aledaño. El río es el Dar. Se abre en varios brazos que segmentan el delta en varias isletas de gran tamaño y una infinidas de isletas menores. Su aspecto es inconfundible. He ahí las «bocas» del Dar. La ciudad que se levanta sobre ellas recibe el mismo nombre. La llaman la Ciudad del Pecado. Estoy en el extremo sur del continente. Pensar si realmente soy de allí o cómo he llegado precisamente a esta famosa urbe es algo que por un momento me corta la respiración, pero trato de que pase desapercibido para mi acompañante.

"Las Bocas del Dar" by CHARRO


Es una de las mayores urbes del mundo que conocemos. La isla central, dividida por los brazos de río en tres tiene sus propias murallas. Muchas de las isletas también. La isleta más al sur es un gran fortín que sirve de parapeto. También existen murallas en tierra fuera del delta, pero la afluencia de edificaciones las supera y hace extender la ciudad mucho más allá del perímetro de almenas. Un sin fin de puentes conectan las distintas isletas entre ellas y la tierra firme.
            Cientos de barcos se arremolinan en sus extensos puertos de todo tipo y de toda procedencia. Sus edificios resultan caóticos y de muy diversa factura. Es un lugar en muchos sentidos inabarcable con fama de excesivo y salvaje. Lo que no se encuentra en las Bocas, no existe.

            Penetramos en aquel mundo ecléctico, lleno de contrastes, y recorremos sus arterias llenas de gente pintoresca, bullicio y color. Es una saturación para mis sentidos. Un pensamiento me recorre la mente. Quizá no haya mejor lugar para empezar de cero que una ciudad como las Bocas, donde las opciones pueden ser infinitas.

            —Te dejaré en el Boulevard de las Tres Reinas —me propone—, si te parece bien.
Me encojo de hombros.
            —Me da igual. No conozco la ciudad.
Mi respuesta hace que arrugue el entrecejo.
            —Esta ciudad es bella y grande, como el mismo océano. Puede ser tu mayor fortuna, pero si no se conoce es posible que acabes perdida y no hablo solamente de perderse entre sus calles.
            Sé lo que pretende decirme, pero me hago la ingenua.
            —¿A qué te refieres?
            —Las Bocas es una ciudad peligrosa si uno no sabe por dónde moverse y qué evitar. Una mujer sola y bonita como tú, que ignora el terreno que pisa, puede ser un cebo tentador.
            Me siento halagada por la preocupación pero me molesta su argumentación paternalista.
            —Debe de haber cientos de mujeres bonitas en una ciudad como ésta. No creo serlo tanto como para llamar ese tipo de atención, pero agradezco que te preocupes.
Noto por su expresión que ha dado más importancia a mi reproche que a mi agradecimiento. No era mi intención ofenderle, pero prefiero guardar silencio.
            Llegado un punto detiene el carro. 
            El boulevard es inmenso. Se llena de gente y actividad.
            —Hemos llegado. Esto son las Tres Reinas. Es casi una milla. La mayor parte de los templos importantes tienen su sede aquí, por si sigues con la idea de pedir refugio en uno. También hay innumerables negocios, casas… no sé, casi de todo. Es el corazón de la ciudad. Busques lo que busques, probablemente esté en esta milla. Yo me quedo ahí —dice señalando un gran edificio en piedra roja y amplias cristaleras—. Es el Mercado de Abastos e Importación. Tengo una pequeña lonja de pescado que lleva desatendida toda la mañana. ¿Qué vas a hacer?
            Se me presentan múltiples opciones. Tantas que me saturan la cabeza.
            —No lo sé —le digo poniendo un pie en suelo firme y mirando a mi alrededor—. Puede que buscar asilo, o trabajo… o… quizá solo trate de pasear un poco y aclarar mi mente. No te preocupes, estaré bien. Gracias por el viaje.
          Él me sonríe. Parece que después de todo no me guarda rencor por el comentario anterior. Me desea suerte y azuza las mulas. Pronto se pierde entre un mar de caros y jinetes en dirección al Mercado.

           En ese instante es cuando verdaderamente me siento sola en medio de una marea humana de color. Trato de respirar el aire viciado de mil olores y hacer un segundo de tregua en mi cabeza para ordenarme.
            Aquí estoy. Las Bocas del Dar. Un mundo de caos abierto para mí.
            ¿Qué puedo hacer?







Opciones:


1.- Busca un templo y pide asilo o asistencia.

2.-Trata de buscar trabajo por la zona, parece llena de oportunidades.

3.- Observa a la gente, el lugar, quizá haya algo en lo que aún no has pensado.
Date un paseo por el boulevard.

4.- Ve al mercado y pídele trabajo a Jael, quizá tenga un sitio para ti y parecía buena persona.
La opción es Jael





domingo, 22 de julio de 2012

Ultimando detalles. Procesos III de la empuñadura de La Äriel by Juan Francisco Martínez Cerezo

Juan Francisco sigue incansable puliendo el trabajo sobre el mango de la Äriel y nos tiene asombrados.

Aquí os dejamos más detalles sobre el proceso.



Todas las fotos cortesía de su autor, a quien agradecemos el detalle de compartirlas con nosotros.








Vista general de la empuñadura acabada sin detalles.

Vista de la espalda, ssin los detalles de pliegues de túnica y cabello.


Guarda sin detallar
detalle de la guarda acabada.

Espalda con los primeros detalles en pliegues y  cabello
Espalda acabada.
Vista trasera de la pieza en el estado actual del proceso.
Vista delantera de la pieza en el estado actual .




Detalle del fontal
Estado actual del proceso.


Vista lateral de la pieza en el estado actual del proceso.

Comparativa de tamaños.


Mucho ánimo, Juan.  El resultado final está quedando exquisito.

miércoles, 4 de julio de 2012

Poemarios 24Horas GRATIS



Para acercaros está nueva edición de los Poemarios, estarán 24 horas GRATIS en todos los portales de Amazon mañana 5 de julio 2012. Esperamos que los disfruteis.

Os dejo con los textos de contraportada ;)




martes, 3 de julio de 2012

2a Edición de la Trilogía de Poemas y su salida a Papel

Andamos cerrando caminos abiertos.


Este año está resultando muy intenso de trabajo a pesar de no haber podido ofrecer aún ni la mitad de contenidos nuevos que prometíamos y teníamos en cartera cuando comenzó. Anda siendo un año lleno de complejidades tanto a niveles profesionales como personales que indefectiblemente ven su eco en nuestra producción. 

Una vez abierta la primera puerta y decidir entrar en la batalla de Amazon, Javier y yo hemos comprendido que aunque nos resulta mucho más interesante a efectos meramente económicos seguir lanzando material nuevo, para los objetivos a largo plazo que realmente queremos construir resulta mucho más inteligente solidificar piezas en juego. Corregir y actualizar los contenidos ya en parrilla (la nueva experiencia en el medio nos permite ahora subsanar errores que antes ignorábamos o no estábamos capacitados para ello) y ofrecerlos en sus dos versiones posibles (E-book y papel) centra ahora mismo nuestros esfuerzos inmediatos. 

En este sentido se encuadra la segunda edición y renovación de los tres poemarios que componen la trilogía de las Flores de Lis (Latidos, Madrugadas, Espinas y Silencios). 

Ellos fueron el material con que rompimos el hielo en Amazon y su edición nunca nos satisfizo del todo, pero nunca los pensamos como verdaderos productos que promocionar al nivel de los otros libros. Era un materia con complejo de inferioridad, dispuesto y escondido solo para aquellos que supieran descubrirlo. Ha llegado el momento de cambiar ese esquema mental y darle a estos libros la misma oportunidad que al resto, a pesar del condicionante minoritario de su género.


 Para ello se ha actualizado la edición comenzando por el trabajo de Javier Charro en portadas específicas y exclusivas para cada volumen, que hoy os presentamos. Se ha corregido y maquetado con cuidado su interior y se ha dado forma a una edición en papel que ya ha cursado sus procesos y que estará disponible aproximadamente en 10 o 15 días desde el mismo panel de venta que los e-books en todos los portales Amazon.

Se ofrece así un cambio de registro distinto al épico de la saga o al de las series, que sin embargo resulta realmente la simiente de todos ellos y el lugar de donde bebe realmente mi manera de concebir la narrativa.

Los e-books ya están preparados para su salida inminente. 
Hoy queremos enseñaros con orgullo sus nuevas vestiduras. 



Nueva portada de la 2a Edición de Latidos por CHARRO


Nueva portada de la 2a Edición de Madrugadas por CHARRO
Nueva portada de la 2a Edición de Espinas y Silencios por CHARRO



Esperamos que os gusten








viernes, 29 de junio de 2012

Lya, Elige su destino. Acto IX. Silencios por la Espalda



Silencios por la Espalda

Acto IX


-Sin sangre –le digo.
Él me mira extrañado. En sus pupilas se dibuja una expresión desconcertante. No parece comprender mi petición.
-Debe haber otro modo de salir de aquí que no pase por matar a docenas de personas –añado.
Él me vuelve a atravesar con su mirada pétrea. 
-Esa no es la elección sensata de alguien entrenado para matar.
-Ya no recuerdo esas lecciones, Jäak. Mi pasado es solo niebla y vacío. He visto demasiada sangre esta noche.
-Si no lo hacemos, la próxima sangre puede ser la nuestra –asegura él. –Es lo que has provocado al venir aquí y hablar más de la cuenta.
Agacho la cabeza.
Admito que la idea no ha sido la mejor pero al menos tengo una respuesta que soy consciente de que no habría obtenido de otra manera. No ha sido la mejor opción pero de un modo u otro he obtenido algo de lo que había venido a buscar: Él era mi maestro. Ese es el vínculo. Ahí está el pasado…
Un maestro que no recuerdo, unas enseñanzas de las que solo queda un instinto dormido que despierta como un acto reflejo… y un beso. Un beso que ha salido de lo más recóndito del olvido. De la grieta más profunda de un corazón suspendido en el tiempo.
Tengo mil preguntas. Al menos se me ha concedido la primera respuesta.
-No más sangre esta noche, Jäak. Por favor.
Él queda pensativo. Mira a los cuerpos que se desangran sobre el suelo de piedra y su gesto me obliga a secundarle la mirada. Me devuelve esos ojos verdes de diablo.
-Hay un pasadizo, pero llegar hasta él sin llamar la atención puede ser complicado. Esto es la Orden de Ylos: no tardarán en descubrir los cuerpos y con ellos nuestra ausencia. Se nos echarán encima. Hay ojos y oídos por toda esta maldita ciudad. Están en todas partes. No dejar testigos es nuestra única posibilidad de ganar tiempo.
Lo que dice es cierto, al menos en algo tiene razón: hay que ganar tiempo.
Le tomo la mano, que se mancha aún de la sangre de los muertos. Él mira mi gesto como si hiciese Eras que ninguna mano tomase la suya. Queda en silencio, atrapado en ese gesto. Su mirada parece dudar.
-Nada perdonará la vida de los guardias que se apostan tras esta puerta.
Hago concesión. Entiendo que tendremos que tomar algunas vidas a cambio de nuestra fuga.
-Usemos el pasillo. Podemos deshacernos de las pruebas, provocar un incendio que fuerce a los demás a huir. Eso les mantendrá ocupados y distraídos.
Jäak duda.
Mi plan entraña riesgos que cree  innecesarios. Nuestros ojos se funden. Es cierto que parece haber debilidad ante ellos.
-Si algo sale mal…
-Nada va a salir mal –aseguro sin que ningún argumento lógico pueda sostener mi seguridad.
-Todo puede salir mal.
-Confiaré en mi maestro.
Mi respuesta le arranca una sonrisa descreída pero he roto barreras. Rebusca entre los pliegues de sus víctimas y regresa con un par de puñales que me entrega.
-Te enseñé a usarlos. Eras la mejor. Sigue tu instinto.
Quedo mirando las hojas de los cuchillos con cierto gesto ausente. Aún me parecen ajenas, pero sé que sus palabras son ciertas. Ese instinto es el que me ha llevado hasta aquí por mucho que me cueste admitirlo.
Una mirada de confianza y un guiño anteceden a la trampa que Jäak urde para eliminar a los dos guardias del exterior. Yo soy el cebo, él es el brazo ejecutor.
Pronto los soldados yacen cuanto al resto de cuerpos y yo aún no he tenido que mancharme las manos de sangre. Le veo en su terreno. Mi cabeza burbujea, mi mente se inquieta. Algo dentro de ella, escondido, profundo, encadenado, que busca desesperadamente la liberación. Le veo en su terreno, aunque no le reconozca. Sé que hubo un tiempo en el que me acostumbré a las imágenes y gestos que ahora me ofrece.
-¿Cómo me conociste? Desde cuando me… -Su mirada esmeralda detiene las palabras en mi boca. Aún anda acercando cuerpos pero se ha detenido ante mis dudas. Hay un silencio atroz que me traspasa el alma. Sus ojos son como munición de ballesta que acelera mi corazón y lo atraviesan. Su silencio es explícito. Recelan en darme la información pero yo insisto en batallar contra sus ojos. Por un momento creo que volverá a vencerme, pero cuando estoy a punto de alzar la bandera blanca y aceptar su triunfo, suspira y baja la mirada. El resto de la conversación la mantiene sin mirarme.
-Tendrías unos diez o doce años cuando llegaste. Yo te doblaba la edad pero ya llevaba tiempo entrenando a los más jóvenes. Vosotras fuisteis mi primera asignación de verdad.
-¿Vosotras? –El obvia mi pregunta y sigue hablando.
 -No solo debía entrenaros; estabais bajo mi cuidado y responsabilidad. Cuando llegaste no eras más que una mocosa asustada y sucia.
-¿Llegar de dónde?
-Te compraron. Huérfana, criada en las calles, no lo sé en realidad. Ellos consiguen así a sus nuevos reclutas. Nunca hacíamos preguntas. Así llegaste, como todos, como una vez yo también fui comprado.
-Como si fuera mercancía.
-Eras mercancía. Eso es un hecho. Con mucha suerte una niña como tú hubiera acabado en algún prostíbulo barato. Los chicos aún tienen suerte y quizá pueden aspirar a que alguien le interese un mozo de cuadras, algún ayudante barato al que encargar las faenas más desagradables… pero una niña… Hay muchas bolsas repletas en los mercados dispuestas a soltar plata por un adorable juguete sin estrenar.  Te hicieron un favor, en realidad.
-He acabado en un prostíbulo –afirmo con tono cínico. Jäak me mira y su expresión es amarga.
-Acabado, con 22 años. Te aseguro que de no haber sido así, no hubieras llegado a  verte sangrar por primera vez.
Se me coge un pellizco en el estómago. Jäak acaba y me manda con un gesto salir al pasillo. Él viene detrás y cierra con llave la puerta de aquella habitación. Avanzamos unos metros antes de encontrarnos con un tramo de escaleras que recuerdo de cuando me llevaron a la sala.
-El pasillo está en la capilla. Debemos pasar el claustro y la biblioteca. Si alguien nos detiene, sígueme la corriente.
Acepto las normas del juego. Lo cierto es que las altas horas de la madrugada facilitan no encontrarnos con mucha concurrencia.
Hay preguntas que siguen sin responderse.
-¿Qué pasó, Jaak?
 Él echa un vistazo tras la esquina del pasaje que conduce al claustro interior antes de devolverme una mirada llena de significado.
-¿Qué pasó? Dedúcelo, Lya. Eres una mujer inteligente.
Le miro intensamente. Sus ojos parecen iluminar las sombras con un irreal fulgor verde.
-Te enamoraste.
-Me equivoqué. Crucé una línea.
-Has vuelto a cruzarla –le advierto.
-No, tú no recuerdas nada y será mejor así.
Hace el amago de avanzar pero le retengo tomándole de un brazo.
-Me mandaron matarte, dijiste. ¿Por qué?
-Porque nadie que pertenezca al clan puede escapar de él.

En esta ocasión me empuja para que salga por delante. Ambos cruzamos entre las sombras de las columnas que perimetran el patio. Estamos cerca de una gran puerta de doble hoja y elaborada talla cuando una voz nos da el alto a nuestras espaldas. Jäak se vuelve por inercia, pero yo no necesito mucho para saber que ya han descubierto los cadáveres. Resuenan ecos de hombres con armadura por las inmediaciones. Han tardado poco, demasiado poco.
 -Corre, ¡entra en la habitación! –casi me empuja para que le obedezca. Apenas me da tiempo de articular palabra.
No es la biblioteca. Tampoco la capilla. La interrupción nos corta la huida.
Está oscuro y no acierto a ver, pero no pasa mucho tiempo antes de que Jäak entre tras de mi. Trae una lámpara de aceite encendida. Es uno de los fanales que iluminaban el claustro. Me señala una de las ventanas. Corro hacia ella mientras escucho perfectamente el sonido de los hombres con armadura que se aproximan. Jäak corre a mi lado pero de pronto se vuelve. Coincide con la entrada de los primeros guardias. Me giro al tiempo de ver cómo les lanza el fanal de aceite que se quiebra al estrellarse sobre el primero de ellos envolviéndolo en una sábana de llamas. El caos que genera nos proporciona un poco de aliento en nuestra escapada.
Abro los postigos del ventanal. Da a otro pequeño patio interior entre los edificios. Jäak me apremia a salir y ambos salimos al exterior sin mirar atrás. El fuego no los va a detener para siempre.
Hay un edificio bajo a cuyo techo podemos encaramarnos. Jäak sube primero. Es ágil como un felino. Se vuelve para ayudarme pero descubro que no le necesito.  Me siento casi en mi terreno encaramándome por la pared. Un vistazo atrás nos descubre que nos siguen. Ellos no tendrán tantas facilidades.
El tejado es inclinado pero nos permite movernos con cierta comodidad. De él conseguimos alcanzar otro volumen más alto y de este, a una cornisa que discurre hasta fundirse con un murete que da a la calle. Los guardias nos siguen a duras penas, pero es mejor no desaprovechar nuestra ventaja.
Saltamos a la calleja desierta y ambos comenzamos a escapar por entre sus sinuosas curvas en la madrugada. No es ninguna locura poner cuantos más metros de distancia, mejor. Salimos a la primera calle amplia  justo para encontrarnos con una carreta destartalada que se cruza en nuestro camino. Nos apartamos por pura inercia, aún sobresaltados solo para comprobar que la carreta se detiene ante nosotros. Su conductor se deja ver entre los fulgores de la luna.
-¡¡Arriba!! ¡Vamos, subid!
Su gesto es explícito, pero Jäak duda, aún desconcertado.
-¡Täarom! ¿qué haces…?
-¿Le conoces?
No me da tiempo  despejar las dudas de mi acompañante.
-Es obvio que no iba a dejarte sola. Llámalo intuición pero estaba seguro que tu brillante idea de dejarte capturar necesitaría una vía rápida de huida.
Miro de reojo a la mula desgastada que tira de la carreta y le sonrío de medio lado.
-Rápida, rápida… no parece que sea.
-Deja de protestar y sube de una condenada vez, Lya.

-¿Es de fiar…?
-Tanto como hace una hora lo eras tú, querido Jäak –le aseguro con un guiño.
Huida by CHARRO

Täarom conduce la carreta por callejas oscuras y se aproxima a la bahía de Dar. Nosotros nos escondemos en el cajón. No le pregunto dónde va. Imagino que tiene un plan. Llevar la carreta por los bulevares del norte sería llamar la atención. Intuyo que quiere alejarnos de la zona y luego pensaremos dónde ir. Ahora me alegro de tener personas en las que confiar y que él decidiese no hacerme caso y regresar a la Sirena.
Paramos en un oscuro y desvencijado muelle abandonado. No hay más luz que la que proyecta Kallah desde el cielo salpicado de estrellas. Al otro lado de la bahía, Las Bocas sigue luciendo con descaro su manto de lentejuelas brillantes en la noche. El faro, al otro extremo, no guiña su único ojo.
Solo entonces nos relajamos. Solo entonces descendemos de nuestro escondite. Solo entonces nos permitimos bajar la guardia…
-Gracias por la ayuda, mi nombre es Jäak–. Ofrece su mano en gesto de gratitud. Täarom sonríe ante él. Yo continúo sacudiendo el heno pegado a mi cuerpo. Es un bonito momento.
-No hay de qué, Jäak.
Täarom aprieta su mano con gesto firme y sin borrar su amplia sonrisa de sus labios. Jäak también sonríe. Mis labios comienzan a dibujar también el mismo gesto…
Pero…
Täarom no le suelta. De hecho le aprieta contra él en un inesperado movimiento. Jäak borra la sonrisa de un soplo. Täaron le susurra algo al oído que yo escucho perfectamente.
-Saludos de los Filos, Jäak.
Mi sonrisa queda congelada solo en el amago. Mi gesto se vuelve lívido cuando veo a Jäak caer a mis pies y el cuchillo ensangrentado de Täarom en su mano.
-Sabía que me llevarías hasta él, Lya. Sabía que antes o después tú me llevarías hasta él.
Mi corazón gira ciento ochenta grados. Noto un estremecimiento que me recorre de parte a parte. La mirada de Täarom ha cambiado, su gesto, su presencia…
Busco las dagas en mi cinto pero él es asombrosamente rápido. El cuchillo que lleva aún vestido de la sangre de Jäak consigue abrir carne en mi brazo a pesar de mis reflejos. El dolor es eléctrico. Detengo un par de ataques antes de que su pierna encuentre hueco y me desplace. Mi cabeza gira. Sé que la sorpresa me ha hecho mella pero es un mareo incontrolado. Mis rodillas tiemblan… eso no lo ha provocado la sorpresa.
-Ala de cuervo –confiesa Täarom mientras se acerca con gesto triunfalista y sonrisa de victoria-. No iba a correr riesgos con el viejo y contigo en un mismo encuentro, cielo.
-¡Veneno!
-Tranquila –me asegura sin dejar de avanzar-. Morirás antes de que haga efecto.
Levanta su brazo armado para acabar aquel trabajo. Mis brazos pesan como si fueran de plomo. Nada puede detener ese aguijón. El escorpión dispara a matar…
Pero…

Un silbido anuncia un final inesperado. Algo le golpea el hombro y lo arranca del suelo evitando la estocada mortal.
Es una flecha.
                Una voz, de mujer resuena en la penumbra.
                -Nunca me fie de ti, Täarom.
                Me giro. Hay una sombra entre las sombras. Mi mente se desvanece mientras ella avanza. Todo me da vueltas. Todo es un caos donde los recuerdos y las imágenes se filtran.
                Es una mujer esbelta y exótica. Se arma de aquel arco que ha conseguido detener el sacrificio.
                -Yo también os he seguido.
Mi mente se oscurece… todo se vuelve negro… como la piel de la chica que acaba de llegar.

***

Parpadeo… Regreso a la conciencia.
No, no es mi conciencia…
Estoy en un lugar oscuro y frío. Tengo miedo…
No es mi conciencia. No, no lo es.
Observo mis manos. Son pequeñas. Observo mis piernas, son delgadas. Palpo mi pecho, apenas existe.
Tengo diez años. No es mi conciencia:
Es mi recuerdo.






Opciones.

1-. Mantente en silencio, Lya y trata de explorar el lugar.

2.- Grita, pide ayuda. Alguien podrá oirte.

3.- Es un maldito sueño, Lya. Trata de despertar.

miércoles, 27 de junio de 2012

Procesos II de la empuñadura de La Äriel by Juan Francisco Martínez Cerezo



Depender de la tecnología tiene su lado negativo. Cuando esta falla, enlentece todo el proceso. 
La tarjeta gráfica del Pc de Javier decidió morirse hace casi una semana. La cosa le ha tenido parado hasta el momento con el retraso de muchos asuntos importantes. Ha sido de esos temas farragosos que cada día parece que va a solucionarse pero que no hacen sino complicarse un poco más. Por esa razón, en este blog, el evento de esta semana de Lya ha tenido que ser pospuesto.

Como no hay mal que por bien no venga, en este tiempo, Juan Francisco nos ha vuelto a enviar parte del proceso de la espada que con tanto mimo y cariño está haciendo. La idea era enseñaros este material tras el pertinente capítulo de Lya, pero viendo cómo están las cosas, lo adelantamos.

Las piezas en el trabajo de Juan Francisco comienzan a encajar y tomar forma. Muchos ya podréis reconocer sin duda la pieza. Aún no está acabada y desde aquí animamos a Juan a seguir compartiendo con nosotros los detalles de su elaboración. 

Creemos que está quedando genial.
Las fotos son cortesía del propio Juan Francisco Martínez Cerezo.


Las piezas encajan.
Pliegues y túnica.

Detalles del rostro y la túnica.
Encajan los brazos y adquieren su posición definitiva.
Y el cabello!!!
He aquí la pieza  con detalles del mango y la guarda. Qué currazo!!!


 Cosas como ésta nos entusiasman, de verdad.
Mil gracias por tomaros tantas molestias y dedicarnos vuestro tiempo y creatividad.

Queremos seguir viendo más!!!